Tres años habían pasado desde aquella noche en la que leyeron el último diario de Lia.
La casa frente al mar ya no era solo el refugio de una familia herida. Se había convertido en un lugar de encuentros anuales, de tradiciones nuevas y de un amor que seguía creciendo con cada generación. Las buganvilias blancas que Camila plantó aquel día ya medían más de un metro y medio, y florecían con fuerza cada primavera.
Camila tenía veintiún años y estaba a punto de graduarse como psicóloga. Había regr