Un año había pasado desde que Lia se fue.
La casa frente al mar seguía en pie, más viva que nunca. Las buganvilias habían crecido salvajes, trepando por las paredes blancas como si quisieran abrazar todo lo que quedaba de ella. El mar seguía siendo el mismo: eterno, calmado algunos días, bravo otros, pero siempre allí.
Camila había regresado para las vacaciones de verano. Ya tenía dieciocho años y cursaba el segundo año de Psicología. Ya no era la adolescente insegura que dudaba de sí misma. Su