Dos meses después de recibir la carta, Camila parecía otra. No más pesada, sino más ligera. Como si alguien hubiera quitado un ancla que ni siquiera sabía que cargaba.
Era una noche de finales de junio y la casa frente al mar brillaba con luces suaves. Habían decidido celebrar el cumpleaños número setenta y tres de Lia de forma sencilla, como a ella le gustaba: solo la familia, comida casera y el sonido del mar de fondo.
Lia estaba sentada en su mecedora favorita, con un chal ligero sobre los h