Las primeras semanas en Suiza fueron un extraño equilibrio entre paz y paranoia.
La casa en las montañas era hermosa: madera clara, grandes ventanales con vistas al lago y al bosque nevado, una chimenea que calentaba el salón y una habitación infantil llena de luz. Pero para Lia, cada ventana era un posible punto de entrada, cada ruido del bosque una posible amenaza.
Mateo, con casi cinco meses, empezaba a sonreír más y a balbucear. Se calmaba cuando escuchaba la voz de su padre y se dormía más