El avión privado despegó de un aeropuerto discreto a las 5:47 a.m.
Lia iba sentada junto a la ventanilla, con Mateo dormido en sus brazos, envuelto en una manta suave. Alejandro estaba a su lado, con una mano protectora sobre la pierna de ella. Dos guardias de máxima confianza viajaban con ellos, sentados en la parte trasera del avión.
Lia miraba las luces de Nueva York alejándose bajo las nubes.
—Nunca pensé que terminaríamos huyendo —susurró.
Alejandro apretó su mano.
—No es huir. Es proteger