Las semanas en Suiza se convirtieron en una rutina extraña y asfixiante.
La casa en las montañas era hermosa, pero para Lia se sentía cada vez más como una jaula dorada. Mateo, con casi seis meses, empezaba a gatear y a explorar. Quería tocar todo, reír con todo, pero Lia apenas lo dejaba alejarse de su vista. Cada vez que el bebé se movía hacia una ventana o una puerta, ella lo tomaba en brazos con el corazón acelerado.
Alejandro trabajaba desde el despacho improvisado, pero pasaba la mayor pa