Lia se despertó con el corazón acelerado. Habían pasado solo cuatro días desde que llamó a Daniel y ya se sentía como si estuviera corriendo contra un reloj que no se podía parar.
Mateo apenas salía de su habitación. Cuando lo hacía, caminaba por la casa como un fantasma, con los audífonos puestos y la mirada perdida. Ya no la llamaba mamá. Solo “Lia”. Cada vez que escuchaba ese nombre de su boca, sentía que le arrancaban un pedazo de alma.
Esa mañana, mientras preparaba el desayuno, el teléfon