Siete años después.
La playa seguía igual de hermosa, pero ya no era un refugio.
Era un escenario.
Lia estaba sentada en la misma tumbona de siempre, con un libro en las manos que no leía. Desde lejos observaba a sus tres hijos jugando en la arena: Mateo, de doce años, alto y serio, construía un castillo con su hermano Lucas de cuatro. Sofía, de nueve, corría entre las olas riendo como siempre.
Pero Lia no sonreía.
Tenía el teléfono en la mano y un mensaje abierto que le había llegado esa misma