Lia se quedó paralizada contra la puerta, con el sobre blanco temblando en su mano. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho.
Mateo estaba parado frente a ella, con los ojos llenos de preguntas que una madre nunca quiere responder.
—Mamá… ¿qué está pasando? —preguntó con la voz pequeña—. ¿Por qué esa señora dice que soy su hijo?
Lia no pudo hablar. Solo lo miró, con el alma hecha pedazos. Alejandro se acercó y le quitó suavemente el sobre de las manos. Lo abrió