La mañana siguiente amaneció radiante en Santo Domingo. El sol entraba por las ventanas abiertas, trayendo consigo el olor a sal, a café recién colado y a pan de yuca que Rosa preparaba en la cocina. Lia despertó con una sonrisa auténtica por primera vez en meses. Mateo estaba despierto a su lado, pataleando y balbuceando mientras intentaba agarrar un rayo de sol que bailaba en la sábana. Alejandro dormía todavía, con un brazo protector cruzado sobre los dos, como si ni siquiera en sueños pudie