La noche en Santo Domingo era cálida y perfumada con sal y jazmín. Después de la cena, la familia se quedó un rato más en el patio, hablando en voz baja mientras Mateo dormía en brazos de su abuela. Rosa lo mecía suavemente, cantándole una vieja canción de cuna que Lia recordaba de su propia infancia. El bebé suspiraba de vez en cuando, completamente confiado en ese nuevo mundo de voces cariñosas y brisa marina.
Lia y Alejandro se retiraron temprano a la habitación principal. La ventana estaba