La madrugada en la casa junto al mar era espesa y silenciosa, solo interrumpida por el rumor constante de las olas. Lia no había dormido más de una hora seguida. Se había quedado mirando el techo, con Mateo acurrucado contra su pecho y Alejandro abrazándolos a los dos. Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de su madre: la sonrisa cariñosa, los besos en la frente de Mateo, las manos temblorosas al servir el café. Y luego veía la transferencia de dinero. 50.000 dólares. “Por el futuro de la