La puerta de su habitación está cerrada, pero no con llave. Siempre deja esa rendija abierta como si, en el fondo, esperara que fuera yo quien entrara. No Mikhail. No los guardias. Yo. El hombre que la puso en este mundo oscuro y que ahora, paradójicamente, es lo único que intenta protegerla de él.
Empujo la puerta despacio, sin hacer ruido, como si ella no supiera que ya estoy aquí.
Ariadne está sentada al borde de la cama, con la espalda erguida y los puños sobre las rodillas. No me mira al e