—Viktor… creo que nos están mirando otra vez.
Sus dedos no se apartan de los míos. La forma en que entrelaza nuestras manos sobre la mesa de mármol, como si fuéramos realmente una pareja recién casada, me causa un pequeño espasmo de ansiedad en el estómago. Él levanta la vista con esa calma letal que ya le conozco y se limita a sonreír. Pero no es una sonrisa amable. Es un aviso silencioso. Un disparo sin pólvora.
—Deja que miren. Si piensan que somos otra cosa que un matrimonio de ricos aburri