Si alguna vez pensé que la casa Makarov era silenciosa… me equivoqué. El verdadero silencio no es ausencia de ruido, sino el eco de algo que está por estallar. Y eso era exactamente lo que se respiraba en cada rincón de la villa: tensión encapsulada, lista para romperse como un cristal mal colocado.
Las ventanas estaban cerradas, las luces apenas encendidas y los pasillos, usualmente transitados por sirvientes o miembros del clan, estaban vacíos. Solo se escuchaban pasos suaves, conversaciones