Cuando Ariadna se retiró de la escalera, el silencio en el rellano se hizo más denso. Elías, de espaldas a ella, no sintió su presencia. Su atención estaba completamente en Carlos, quien tenía en sus manos una carpeta de cuero.
—No sé por qué me molesto en hacer esto —dijo Carlos, con su habitual tono displicente.
—Sabes exactamente por qué —respondió Elías, su voz grave y sin rastro de la ira que había mostrado con Kian—. Es mi forma de demostrar que no soy como crees que soy. Ella lo merece.