El corazón de Ariadna latía a un ritmo frenético, un eco del terror que le había helado la sangre al leer el contrato. Sus manos temblaban, sosteniendo el teléfono que había usado para fotografiar el documento. La pantalla mostraba las palabras una y otra vez, una revelación que lo cambiaba todo. Elías no era solo un enemigo, un monstruo al que debía temer; era algo más, y el peso de esa verdad la aplastaba. La ira y el dolor que sentía por la traición de Carlos se habían multiplicado, pues aho