El silencio en la suite hospitalaria era tan pesado como el aire que se respiraba. Ariadna se quedó inmóvil, mirando la puerta por la que Carlos acababa de entrar. Su actitud relajada, su sonrisa fácil, eran una ofensa para la gravedad del momento. El dolor de ver a su madre en ese estado, la traición de Elías, la impotencia que sentía, todo se acumuló en una ira fría que le llenó la boca con un sabor amargo.
—¿Por qué? —dijo, su voz baja y cargada de veneno—. ¿Por qué me enviaste a él? Sabías