El viaje desde Florencia a Londres, con Kian en el asiento contiguo del avión, había sido un monólogo sobre su grandeza que Ariadna había ignorado. Ahora, mientras él esperaba fuera del Hospital Pangea, el eco de sus pasos en el reluciente suelo de mármol del atrio resonaba con una sensación de fragmentación. Este lugar, una fortaleza de cristal y metal, era una prisión dorada construida para los enfermos de élite. El olor a antisépticos había sido reemplazado por un aire estéril, una atmósfera