Elías se quedó inmóvil, la sonrisa de Kian era tan venenosa como la plaga que le corroía el hombro. El aire del apartamento, antes tenso con la ira, se había vuelto gélido. El corazón de Elías le latía en el pecho como un tambor de guerra, pero no por la rabia, sino por el miedo. Había subestimado a su primo. La vida de la madre de Ariadna no estaba en manos de Elías, sino en las de un traidor.
—¿Creíste que serías el único en jugar? —se burló Kian, cruzando los brazos—. Siempre has sido tan ar