El aire de la mañana era frío y denso, una pesada mortaja de neblina que se adhería a la piel y prometía lluvia. El funeral de Kael, a pesar de la atmósfera lúgubre, era un espectáculo de poder y prestigio. Ariadna se sintió desorientada, atrapada en un mundo ajeno. El evento no se celebraba en un sombrío cementerio, sino en el opulento jardín de un complejo de mármol y cristal, donde las lápidas eran reemplazadas por monumentos esculturales y las flores eran exóticas orquídeas negras. Cientos