En su habitación, el peso de la nueva realidad asaltó a Ariadna con una furia silenciosa. La cena había sido un suplicio. Elias, imponente y enigmático, había hablado del progreso del laboratorio con la misma frialdad con la que un general discutía la logística de una batalla. No hubo mención a la revelación de la mañana. No hubo ni una pista de la antigua maldición.
Ariadna se encontraba de pie frente a la ventana reforzada, la mano apoyada en el cristal helado mientras miraba hacia la oscurid