El Santuario de la Niebla
Elías no estaba en la cama cuando Ariadna despertó. En su lugar, el peso de las pieles de oso la arropaba, y el aire, antes impregnado con el aroma a tierra y pino del Alfa, ahora portaba una fragancia más dulce y especiada: canela, mantequilla derretida y la promesa de un desayuno caliente.
Se incorporó, el vientre ya redondeado tirando ligeramente, un recordatorio constante de la vida que se gestaba entre las cenizas de la guerra. La cabaña, rústica y envuelta en las