Fantasmas
El Tiempo Detenido en el Oasis
Las semanas se deslizaron en el refugio alpino como arena fina, un idilio robado al tiempo y a la guerra. La cabaña, lejos de ser una prisión, se había transformado en un paraíso aislado, sostenido por la voluntad férrea de Elías.
Ariadna florecía. El embarazo de su cachorro le había regalado una plenitud serena. Había pasado el punto de las náuseas y el cansancio, reemplazándolos con una energía suave y la sensación constante y maravillosa de la vida creciendo bajo su piel. Sus mejillas estaban sonrosadas, y sus ojos verdes, a pesar de la preocupación subyacente, brillaban con una luz más fuerte y templada.
La tensión entre la necesidad de luchar y el deseo de rendirse a la paz se había mitigado con una de las pocas victorias que Ariadna había conseguido. Había logrado establecer una comunicación segura con su tía, quien le confirmó que Elena Vega, su madre, estaba estable y, de hecho, experimentando una notable mejoría en su salud y fortaleza