La oscuridad en la habitación de la casa de campo de Vittoria no era como la de la ciudad. Aquí, el silencio era tan profundo que se podía escuchar el crujido de la madera antigua y el susurro del viento entre los sauces. Pero dentro de la suite matrimonial, el aire estaba cargado de una electricidad que nada tenía que ver con el clima.
Farah estaba acostada boca arriba, con las mantas tiradas hasta la barbilla. A su lado, a una distancia que parecía calculada con un nivel láser, Alaric yacía e