El regreso de la casa de campo a la ciudad no fue como los viajes anteriores. Ya no había un silencio pesado ni miradas evitativas. Al cruzar el umbral de la mansión, el aire se sentía distinto; ya no era una estructura de mármol y reglas, sino un hogar que empezaba a llenarse de pequeñas rutinas compartidas.
Los días siguientes se convirtieron en un flujo natural de conversaciones infinitas.
Lo que antes eran cláusulas de un contrato ahora eran debates sobre el mejor tipo de café o proyeccion