El aire en el pequeño apartamento alquilado de Farah se sentía viciado, cargado con el olor rancio del arrepentimiento. Cada vez que cerraba los ojos, el mundo giraba y le devolvía rafagaz de la noche anterior: el tacto de las sábanas de seda, la firmeza del agarre de Alaric y, sobre todo, la forma en que ella se había entregado, buscando desesperadamente un refugio que no le pertenecía.El sonido estridente de su teléfono la hizo saltar. Era Elina.—Farah, dime que no eres tú —soltó su amiga sin siquiera saludar—. Abre el portal de noticias de la ciudad. Ahora.Farah obedeció con dedos temblorosos. Al cargar la página, el corazón se le subió a la garganta. Ahí estaba una foto granulada pero inconfundible de ella saliendo del bar, aferrada al brazo de Alaric. Aunque su rostro estaba estratégicamente difuminado, reconoció su propio vestido, la forma en que su cabello caía desordenado sobre sus hombros y la vulnerabilidad de su postura.—No... no sé de qué hablas, Elina —mintió Farah, c
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