Mundo de ficçãoIniciar sessãoDicen que enamorarse de la persona equivocada es el peor de los sufrimientos. Yo no estoy de acuerdo. Lo más doloroso es pasar años esperando un amor que nunca llegará, creyendo que algún día todo cambiará. Durante tres años llevé el apellido de Julio Iglesias. Era su esposa. Al menos, sobre el papel. Nuestro matrimonio era un secreto. Ante el mundo, el poderoso director ejecutivo del Grupo Iglesias seguía siendo un hombre soltero. Yo solo era una esposa invisible. Aun así, aceptaba sus olvidos, sus promesas rotas, sus largas ausencias y hasta el perfume de otra mujer en su ropa. Lo amaba y estaba convencida de que la paciencia terminaría por conquistar su corazón. Qué equivocada estaba. El regreso de Camilla Monteros destruyó todas mis ilusiones. Entonces comprendí la verdad: yo nunca había sido la mujer que él amaba, solo la más conveniente para su vida. Poco después, Julio dejó una carpeta frente a mí. Eran los papeles del divorcio. —Firma, Hannah. Es la mejor decisión para todos. Sus palabras rompieron lo último que quedaba de mi corazón. Tres años de amor, sacrificios y sueños abandonados terminaban con una simple firma. Tomé el bolígrafo sin temblar y firmé. Cuando levanté la vista, una extraña calma me invadía. —Tendrás el divorcio que deseas, Julio. Pero recuerda esto... el día en que comprendas lo que has perdido, ya será demasiado tarde. Él creyó que aquella firma era el final de nuestra historia. No imaginaba que, en realidad, era el comienzo de sus mayores arrepentimientos.
Ler maisEl amor debía haber sido un refugio.
Para Hannah Belmonte, se había convertido en una jaula de la que ya no encontraba la llave. De pie frente a los enormes ventanales de su ático, contemplaba las luces de Madrid reflejándose sobre las calles brillantes por la lluvia. Tres años atrás había cruzado aquella puerta con el corazón rebosante de esperanza. Estaba convencida de haber encontrado al hombre con quien envejecería. Hoy, aquel sueño no era más que un recuerdo. El suave roce de unos papeles rompió el silencio a su espalda. —Fírmalos. La voz de Julio Iglesias era baja y serena. No había ni una pizca de ira. Tampoco de arrepentimiento. Solo una frialdad que le heló la sangre. Hannah cerró los ojos durante un segundo antes de darse la vuelta. Sobre el amplio escritorio de nogal descansaba una carpeta perfectamente cerrada. A su lado, un bolígrafo negro y una alianza de oro estaban colocados con una precisión casi cruel. Su alianza. La misma que había llevado durante tres años... un anillo que jamás le permitieron mostrar en público. Su mirada descendió lentamente hasta el documento. La primera palabra la golpeó de lleno. Divorcio. La respiración se le cortó. Tres años. Tres años llevando el apellido Iglesias. Tres años siendo su esposa... sin existir jamás ante los ojos del mundo. Para la prensa, el joven presidente del Grupo Iglesias seguía siendo el soltero más codiciado de España. Desde hacía semanas, todos los periódicos hablaban de Camilla Monteros, su primer amor, quien había regresado de Estados Unidos tras una larga ausencia. Los fotógrafos los seguían a todas partes. Los rumores de boda no dejaban de crecer. Y nadie sabía que otra mujer lo esperaba cada noche en aquella casa. Nadie conocía todos los sacrificios que ella había hecho. Había abandonado su profesión. Había dejado de lado sus propios sueños. Había soportado cumpleaños olvidados, cenas canceladas a última hora y largas noches de soledad mirando su teléfono, esperando un mensaje que nunca llegaba. Lo había soportado todo. Porque lo amaba. Porque había creído que algún día él le tendería la mano y diría delante de todo el mundo: —Ella es mi esposa. Pero ese día nunca llegó. Julio cruzó lentamente los brazos. Su rostro permanecía completamente impasible. —Camilla ha vuelto. Es hora de poner fin a este error. Aquellas palabras le atravesaron el corazón. ¿Un error...? ¿Eso era todo lo que significaban para él sus tres años de matrimonio? Hannah bajó la vista hacia su alianza. Sus dedos temblaron ligeramente mientras se la quitaba. Durante unos segundos la contempló sobre la palma de su mano. ¿Cuántas veces había acariciado aquel anillo, convencida de que algún día tendría un verdadero hogar? Una sonrisa triste rozó sus labios. Después dejó la alianza con cuidado sobre la carpeta. El suave tintineo del metal contra la madera pareció resonar por todo el despacho. Una lágrima descendió lentamente por su mejilla. La dejó caer. Ya no quería seguir luchando. Sería la última que derramaría por él. Tomó el bolígrafo. Curiosamente, su mano había dejado de temblar. En el fondo de su corazón, todo había terminado. Sin vacilar, firmó los documentos. Cuando levantó la cabeza, había algo diferente en su mirada. La mujer que había vivido escondida durante tres años acababa de desaparecer. En su lugar estaba una mujer profundamente herida... pero decidida a no volver a perseguir un amor que ya no la quería. —Tendrás el divorcio que deseas, Julio. Su voz era suave. Serena. Una leve sonrisa apareció en su rostro. No era la sonrisa de una mujer feliz. Era la sonrisa de alguien que, por fin, había aceptado una verdad que llevaba demasiado tiempo negándose a ver. Se acercó hasta quedar a solo unos pasos de él. Sus miradas se encontraron. —Pero recuerda bien esto... Su voz siguió siendo sorprendentemente tranquila. —El día que comprendas que dejaste marchar a la única mujer que te amó sin esperar nada a cambio... ya será demasiado tarde. El silencio cayó entre los dos. Julio no respondió. Su expresión permaneció fría, como si aquellas palabras resbalaran sobre él sin dejar la menor huella. Hannah sintió que el corazón se le encogía por última vez. Luego apartó la mirada. Esta vez, no volvería a mirar atrás. Abrió la puerta y salió del despacho con pasos lentos, pero firmes. La puerta se cerró con fuerza detrás de ella. El eco resonó durante largos segundos por toda la habitación. Julio permaneció solo. Inmóvil. Los papeles del divorcio seguían frente a él. En ese momento, estaba convencido de que solo estaba poniendo punto final a un matrimonio que nunca había tenido verdadera importancia. Todavía no podía imaginar que, al dejar que Hannah cruzara aquella puerta, acababa de perder a la única mujer que lo había amado de verdad. Y que, algún día, aquella decisión se convertiría en el mayor arrepentimiento de toda su vida.La cena continuó en un ambiente cálido y agradable.Alrededor de la gran mesa, las risas se mezclaban con las conversaciones animadas y el suave sonido de las copas al chocar.Para los invitados, la velada parecía perfecta.Pero no para Hannah.Ella permanecía de pie, discreta, moviéndose de una persona a otra con una botella en la mano.Llenaba las copas cuando apenas estaban vacías, retiraba los platos terminados con cuidado y se aseguraba constantemente de que nadie necesitara nada.Lo hacía todo en silencio.Sin llamar la atención.Con la mirada ligeramente baja, como si temiera molestar.Cada vez que se acercaba a Julio, una pequeña parte de ella esperaba inconscientemente una mirada, un gesto, cualquier señal de que todavía recordaba su presencia.Pero él no hacía nada.Continuaba hablando con los demás, como si ella fuera solo una empleada más encargada de servir esa noche.Como si su matrimonio nunca hubiera existido.—Hannah.La voz profunda de Richard Iglesias la hizo detene
Al final de la tarde, una berlina negra salió de la villa de los Iglesias en dirección a La Moraleja, el barrio donde se encontraba la residencia familiar.Sentada en el asiento trasero, Hannah sostenía su bolso contra ella. Sus dedos apretaban tanto el asa que casi comenzaban a dolerle.Ese pequeño gesto se había convertido en su manera de mantenerse firme.De impedir que sus emociones la vencieran.A su lado, Camilla conversaba con Julio con una naturalidad desarmante, como si los años que los habían separado nunca hubieran existido.Hablaban de sus recuerdos de la universidad, de los viajes que habían compartido y de esas pequeñas anécdotas que solo ellos podían entender.Y Julio reía.Una risa verdadera.No esa sonrisa educada y distante que a veces le mostraba por simple cortesía.No.Esta vez era diferente.Era una risa sincera.Hannah apartó lentamente la mirada hacia la ventana.Las calles de Madrid pasaban frente a sus ojos, pero apenas las veía.Desde que habían salido de la
Camilla estaba sentada bajo la pérgola, con una taza de café humeante entre las manos.Frente a ella, Julio parecía completamente relajado.Hannah los observó durante unos segundos, casi sin poder evitarlo.Ni siquiera recordaba la última vez que había visto a su esposo con una expresión tan tranquila.Estaba sonriendo.De verdad.No era esa sonrisa educada y distante que a veces le mostraba por simple compromiso.No.Aquella sonrisa nacía de lo más profundo de su corazón.Camilla soltó una carcajada y le dio un ligero golpe en el hombro.—De verdad, no has cambiado, Julio.Él negó suavemente con la cabeza, todavía sonriendo.—Tú tampoco.Aquellas tres palabras fueron suficientes para oprimir el corazón de Hannah.En tres años de matrimonio, podía contar con los dedos de una mano las veces que habían compartido un momento de complicidad tan ligero.Con ella, Julio siempre era reservado.Distante.Como si una parte de él permaneciera siempre fuera de su alcance.Hannah apartó la mirada
Hannah se quedó completamente inmóvil.Durante unos segundos, no supo qué pensar. Parpadeó varias veces, como si su mente se negara a aceptar lo que acababa de escuchar.Su mirada se deslizó hacia Camilla y luego regresó lentamente a Julio.No...No lo había entendido mal.Él acababa de decirle que Camilla iba a vivir allí.En aquella casa.En aquella villa donde ellos fingían ser simples conocidos, cuando en realidad llevaban tres años casados.Camilla dio un paso al frente con una sonrisa cálida y natural.—Hola, Hannah. Cuánto tiempo.Hannah le devolvió una leve sonrisa.—Hola.Su voz sonó tranquila. Sin embargo, por dentro todo se tambaleaba. Su corazón latía con tanta fuerza que sentía que, en cualquier momento, iba a delatar todo lo que estaba sintiendo.Camilla recorrió el salón con una mirada de admiración.—Esta villa es todavía más hermosa de lo que recordaba.Sin responder, Julio tomó el asa de la maleta.—Rosa ha preparado la habitación de invitados para ti.—Gracias, Juli










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