Alaric conducía con una concentración que rozaba lo excesivo. Sus manos apretaban el volante de cuero con firmeza, y aunque mantenía la vista en la carretera que serpenteaba hacia las afueras de la ciudad, su mente seguía atrapada en los pasillos de la universidad. Todavía podía escuchar la voz de Farah desafiándolo frente a cientos de personas. Todavía podía sentir la descarga de adrenalina que le provocó verla brillar con esa luz propia, tan independiente de su apellido y de su dinero.
Farah,