El silencio en el despacho de Alaric era tan afilado que parecía capaz de cortar el cristal de los ventanales. Sweeney caminó con lentitud hacia la estantería, deslizando sus dedos enguantados sobre los lomos de los libros de leyes y finanzas, como si estuviera reconociendo un territorio que todavía creía suyo.
—Recuerdo este escritorio —dijo ella, con una voz cargada de una dulzura que sonaba a miel artificial—. Solías decir que los grandes tratos se cerraban con la mente fría, pero yo siempre