La oscuridad de la habitación en casa de Vittoria seguía siendo el único refugio donde las armaduras de Alaric y Farah se permitían una tregua. Tras haber quitado la barrera de almohadas, el espacio entre ellos se sentía cargado de una electricidad nueva.
Alaric, aunque mantenía su postura rígida, no podía dejar de pensar en la brillantez con la que Farah había cuestionado sus teorías en la universidad. Para un hombre que valoraba la eficiencia por encima de todo, el intelecto de Farah era la