La casa de la abuela de Alaric era inmensa, fría y olía a madera vieja y cera para pisos. Farah bajó del auto tratando de no pisarse el bajo del vestido de seda esmeralda. El corte de la espalda, completamente descubierta, la hacía sentir incómoda, como si caminara desnuda bajo la llovizna de la tarde.
Alaric le ofreció el brazo. Su postura era rígida, los hombros tensos bajo el traje oscuro.
—No tienes que caerles bien —le dijo en voz baja, sin mirarla, mientras subían los escalones de piedra—