La biblioteca de la facultad solía ser el santuario de Farah, el único lugar donde las gráficas de volatilidad y los modelos econométricos logran silenciar el ruido de su vida personal. Pero esa noche, mientras caminaba por el estacionamiento casi vacío, el silencio le pareció hostil. Las sombras de los árboles se proyectaban sobre el pavimento como dedos alargados, y el frío de la noche chilena calaba hasta los huesos.
— No bajes la guardia —la advertencia de Alaric resonaba en su cabeza con l