Unos golpes secos en la puerta la sacaron de su trance. Farah dio un respingo, casi dejando caer el teléfono donde la foto de Sweeny Fox aún brillaba con una claridad acusadora. Con el corazón martilleando contra sus costillas, bloqueó la pantalla, se alisó la bata de seda con manos temblorosas y abrió.
Se quedó sin aliento.
Frente a ella no estaba el magnate de trajes de tres piezas, el hombre blindado por telas italianas y una actitud de superioridad aplastante. No. Alaric vestía unos pantalo