Estaba despierto cuando abrí los ojos.
Lo supe antes de moverme, antes de percibir nada más de la mañana: la luz que se colaba por las cortinas, el peso de la manta, el hecho de que estaba en su cama y no en la mía.
Lo supe por la naturaleza de la quietud. No era la quietud de alguien dormido.
La quietud de alguien que llevaba mucho tiempo despierto y había decidido que merecía la pena quedarse quieto, y yo me recosté contra su hombro por un momento con ese conocimiento asentado en mi pecho c