Ya estaba en la cocina cuando regresé.
Estaba de pie junto a la encimera con su café, su teléfono, su camisa gris de mangas remangadas y su rostro con esa expresión controlada, esa expresión impasible, esa que ponía cuando decidía cuánto de sí mismo podía usar en cada situación y dejaba el resto en un lugar inaccesible para mí. Levantó la vista cuando entré por la puerta y sus ojos recorrieron mi cuerpo, mi abrigo, mis mejillas enrojecidas por el frío y el café que tenía en la mano (que no era