Ferrante eligió un restaurante.
No un almacén, ni un edificio abandonado, ni ninguno de los lugares donde este tipo de reuniones solían tener lugar en el mundo de Marion, sino un restaurante en el lado este que cerraba los lunes, tenía un comedor privado al fondo y pertenecía a alguien cuyo nombre figuraba en la carpeta que Marco había traído esa mañana y que, al parecer, le debía algo importante a Ferrante.
Marion leyó la ubicación y no dijo nada, y yo leí su rostro al leerla y comprendí que e