Estaba parado en el umbral, con su sudadera con capucha y el pelo revuelto, sus ojos marrones moviéndose de mi cara a la mujer sentada frente a mí y de vuelta a la mía. Estaba haciendo ese cálculo mental, ese rápido procesamiento interno que había sido su manera de manejar información importante desde que tuvo edad suficiente para ello. Lo observé y esperé.
"Es mamá", dijo.
No era una pregunta.
"Sí", dije.
La miró.
Ella lo miró.
No lo había visto desde que tenía nueve años; ahora tenía diecisie