La mañana siguiente debía ser perfecta. Él debía confesarle su deseo de vivir con ella para siempre y ella debía aceptar. La luz entrando suave por la ventana para envolverlos en un dulce despertar. Las avecillas no cantaban, no en esa ciudad, pero la brisa soplando suave como besando sus cuerpos aún desnudos.
Constanza abrió los ojos lentamente, como examinando el sueño perfecto que se había hecho realidad. Pero Francisco no estaba desnudo a su lado. Todo vestido como un caballero respetable,