Berlín, Alemania
Emilia
El reloj marca las dos de la mañana y sigo sin poder dormir. Doy vueltas en la cama una y otra vez, pero mi mente no deja de regresar al mismo punto: el beso. El beso que Viktor y yo compartimos.
La calidez de sus labios, la forma en que sus dedos se aferraron a mi rostro, como si temiera que me desvaneciera entre sus manos. Y lo peor de todo… la forma en que le correspondí.
Me muerdo el labio, sintiendo una oleada de vergüenza. ¿En qué estaba pensando?
Pero, por mucho q