Berlín, Alemania
Viktor
La tenue luz de la lámpara sobre el escritorio apenas ilumina la habitación, pero no necesito más. Estoy sentado frente a mi portátil, con el teléfono pegado a la oreja y la mandíbula tan tensa que siento que se me va a partir.
—¿Y bien? —gruño.
—Nada aún, jefe, —responde Boris desde el otro lado de la línea. Su tono es cauteloso, como si temiera que le escupa fuego en cualquier momento—. Estamos revisando las cámaras de seguridad y…
—No quiero excusas, —le corto, apret