Tengo los ojos hundidos en el maldito diario y, hasta ahora, lo único que he conseguido es un fuerte dolor de cabeza.
Letras torcidas, dibujos hechos a mano, maldiciones que se crean y se deshacen al terminar cada página.
Estoy realmente agotada. Me siento en la orilla de la cama y, con la otra mano, me impulso para avanzar hacia la cocina, rascándome la cabeza. Un café bien cargado debería relajar mis neuronas caóticas, ya entumecidas de leer y releer cada hoja sin éxito alguno.
—¡Maldición! —