—Si deseas, puedes cerrar la ventana y prender el climatizador —balbucea Sam, tecleando sin parar frente a su ordenador.—No, así estoy bien.Me dispongo a revisar los documentos. Basta una hojeada: manos a la obra. En media hora todo está listo, solo queda imprimir.—¿Qué imprimes, Estela? —cotillea Sam, clavando en mí esos ojos avellana que parecen escudriñar algo más profundo que mi apariencia.—¿No me dijo que el informe era para el mediodía? Pues… ya está.—¿Qué?… imposible.—susurra, tan sorprendido que parece que su cuerpo tenso va a estallar.Tomo el montón de hojas, las ordeno con cuidado en un file y se lo entrego personalmente.—¡Wow!… no puedo escribir tan deprisa.—No escribí, señor… usé Excel. Fue muy fácil.—murmuro casi humildemente—Mmm… ya veo… no sé mucho de Excel. ¿Qué te parece, Estela, si me enseñas? —masculla, mirando embelesado cada hoja y algo en su expresión hace que mi corazón se acelere sin razón aparente.—¿Qué le enseño? —pregunto con los ojos brillantes, se
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