—¿Ay… su nuera? —espeto, cruzándome de brazos con lentitud, midiendo cada gesto como si se tratara de una jugada peligrosa— Pero qué interesante.
Dejo que el silencio se estire, incómodo, espeso, antes de añadir con una inclinación mínima de cabeza
— ¿Y él es…?
—Dan, mi hijo —responde él con una serenidad que no encaja con la presión invisible que se acumula.
Resoplo con exageración y esbozo una sonrisa que se me clava en los labios, rígida, forzada, casi dolorosa. No hay humor en ella,solo iro