El silencio volvió, pesado y largo. Marco tocó la puerta en ese momento, interrumpiendo la tensión.
—¿Puedo pasar?
Margaret se giró, aliviada por el corte.
—Sí, entra.
Marco entró con un pequeño termo y una bolsa con sandwiches.
—Les traje algo. Deberías comer algo, Margaret. No puedes seguir así sin probar alimento.
Ella sonrió apenas.
—Luego.
Dante la miró con curiosidad.
—¿Qué pasa contigo? Estás pálida.
Ella bajó la mirada, esquiva.
—No es nada, solo… cansancio.
Dante arqueó una ceja.
—Eso no es solo cansancio. Llevas días con náuseas ¿cierto?—La observó detenidamente, y el gesto de su rostro cambió—. Margaret… estás embarazada, no puedes ponerte en riesgo, piensa en el bebe.
Ella apretó los labios, sin responder. El silencio fue suficiente. Dante se da cuenta de que ella ha sido toda una luchadora en ese estado tan fragil aparentando ser tan fuerte.
—¿Me cuidas y no piensas cuidarte a ti misma?
Margaret levantó la cabeza, los ojos llenos de rabia y vulnerabilidad.
—¿Vas a darme u