—Esta perdiendo el conocimiento.
—Es normal en su estado. Tiene mas de una hora que lo hirieron.
Las manos de Margaret temblaban ligeramente mientras sostenía la gasa empapada en sangre. El médico, un hombre de mediana edad con el rostro marcado por la tensión, mantenía la presión sobre la herida de Dante, intentando detener la hemorragia. El olor a metal y desinfectante impregnaba la habitación, y las cortinas cerradas apenas dejaban entrar la luz del neón del hotel vecino.
—Sujételo, señorita