Un hilo de luz cruzó la habitación y rozó el rostro de Dante, que llevaba dos días sumido en un sueño profundo. Margaret, con la cabeza apoyada sobre la silla, no se había movido en horas.
Su cuerpo estaba entre el cansancio y las náuseas que la golpeaban cada tanto. No había dormido bien, ni comido más que un par de galletas de soda. El olor a medicina y sudor la mantenía en un estado de alerta que le resultaba insoportable.
El médico había dicho que Dante estaba fuera de peligro, pero no por