La puerta de la habitación principal se cerró con un sonido sordo, pesado, como si la mansión misma hubiera decidido guardar el secreto de lo que ocurría dentro. Afuera, los hombres de Dante se acomodaron en posiciones discretas pero firmes; nadie discutió la orden. Marco se quedó justo al lado de la puerta del baño, apoyado en la pared, con los brazos cruzados y la mirada alerta. No se sentó. No se relajó. No bajó la guardia ni un segundo.
Margaret lo notó incluso antes de que Dante lo hiciera