La puerta de la habitación principal se cerró con un sonido sordo, pesado, como si la mansión misma hubiera decidido guardar el secreto de lo que ocurría dentro. Afuera, los hombres de Dante se acomodaron en posiciones discretas pero firmes; nadie discutió la orden. Marco se quedó justo al lado de la puerta del baño, apoyado en la pared, con los brazos cruzados y la mirada alerta. No se sentó. No se relajó. No bajó la guardia ni un segundo.
Margaret lo notó incluso antes de que Dante lo hiciera.
Ella avanzó unos pasos dentro de la habitación, estaba agotada, observándolo todo con atención clínica, el desastre que habia causado cuando se fugo antes parecia nunca haber ocurrido, olia a pintura fresca: la cama enorme, diferente a la anterior, las ventanas ahora eran blindadas, los cuadros demasiado sobrios para una casa llena de sangre. Todo gritaba control. Todo gritaba poder. Y eso la mantenía alerta, con el cuerpo tenso, el estómago revuelto no solo por el embarazo sino por el entorno