Dante, entró con la determinación de quemar el sitio entero si eso era necesario.
El pasillo olía a pólvora y desinfectante, una mezcla imposible de olvidar.
Los casquillos caían como lluvia metálica sobre el suelo de linóleo, rebotando hasta los rincones.
Dante irrumpió por la puerta trasera, el rostro tenso, las venas del cuello marcadas, la pistola aún humeante.
Sus ojos se encontraron con los de Margaret. Fue solo un segundo, pero en ese segundo el mundo pareció detenerse.
—¡Margaret!
—Dant