Ella lo miró muy preocupada. Mientras el reflejo de las luces de la ciudad le bañaba el rostro.
El motor rugió cuando Kaiser aceleró.
—No es tiempo de decir estupideses —dijo Margaret en voz baja, mirando hacia adelante.
El auto se perdió entre las luces de la ciudad, dejando atrás el consultorio en ruinas, los casquillos calientes y el eco de las sirenas.
El principio del fin acababa de comenzar.
Varias calles despues dejaron bajar a las enfermeras, pero el doctor decidió quedarse para cuando